[9.enero.2012]
Alrededor de la época del Centenario (1910)
se escribieron una cantidad significativa de textos en torno
al criollismo. Lo inauguró Rafael, el
hermano de José Hernández, el
autor de nuestro Martín Fierro, con una conferencia
en Peuhajó en 1896: Nomenclatura de sus calles,
lo siguió Lucien Abeille en 1900 con
El idioma nacional de los argentinos. Vino luego Ernesto
Quesada quien en 1902 publicó El criollismo
en la literatura argentina. Ricardo Rojas
con La restauración nacionalista de 1909 y Leopoldo
Lugones con El Payador, conferencias dictadas
en 1913 y publicadas en 1916, cierran este ciclo brillante de
la literatura específica sobre lo criollo y el pensamiento
nacional argentino [1].
Hoy
pasado un siglo y algo más, es interesante echar una
mirada retrospectiva sobre el asunto que tantos desvelos ocasionó
y que a nosotros nos parece tan distante.
Esquema
breve
Hagamos
un poco de historia de literatura criolla para poder situarnos
en el asunto. El primer autor gauchesco es el oriental Bartolomé
Hidalgo (1788-1822), quien desarrolló toda su
vida en Buenos Aires, murió en Morón y escribió
en la época de la independencia (1810) cielitos patrióticos
y le canta a las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Era de profesión barbero y escribe como tal. “Utiliza
la verba descosida propia de su oficio”, afirma
Lugones. No nació gaucho pero supo interpretar
su sentir y escribió con el modo de decir de este nuevo
tipo humano que había surgido en América: el gaucho.
Luego por la época de Caseros (1852)
surge Hilario Ascasubi (1807-1875), quien nació
cordobés y murió en Montevideo, con su trilogía,
Santos Vega, Aniceto el gallo y Paulino
Lucero. Su poesía fue más política
que poética y pasando el tiempo pierde interés
su lectura. Su poesía se denominó gauchi-política
y fue siempre unitario. “el mulato
Ascasubi resolvió explotar el género gauchesco
a favor de su partido”, afirma R. Hernández
en 1896. Y Lugones terminante, como de costumbre,
dice: "No tenía de gaucho
sino el vocabulario, con frecuencia absurdo”.
Le sigue luego, como su discípulo, Estanislao
del Campo (1834-1880, quien bajo el pseudónimo
de Anastasio el Pollo publica en 1866 Fausto.
Es
el autor más criticado por gringo y por su desconocimiento
de todo lo gaucho. El primero que lo critica es Rafael
Hernández en la mencionada conferencia, donde
sostiene: “Su obra está llena
de incongruencias y artificios. Del campo ha creado en su Laguna
un domador de opereta desconocido en el país. El gaucho
Laguna monta un flete escarciador y coscojero que aunque era
medio bagual, él lo deja con las riendas arriba. Este
parejero se llama Záfiro, piedra preciosa que ningún
gaucho conoce. Y es de pelo overo rosado, justamente el pelaje
que no ha dado ningún parejero, y conseguirlo sería
tan difícil como un gato de tres colores”.
Por
su parte Ernesto Quesada dice: “Del
Campo siempre fue un pueblero, que tan solo superficialmente
conocía al gaucho. De ahí que su libro sea una
obra que nada tiene de gauchesco en las ideas y sentimientos:
únicamente se sirve del disfraz del dialecto gaucho”.
Lugones
es definitivo cuando afirma: “Puede
observarse en el primer verso: ningún criollo jinete
y rumboso como el protagonista, monta un overo rosado: animal
siempre despreciable cuyo destino es tirar el balde en las estancias,
o servir de cabalgadura a los muchachos mandaderos; ni menos
lo hará en bestia destinada a silla de mujer, como está
dicho en la segunda décima, por alabanza absurda, al
enumerarse entre las excelencias del overo, la de que podía
“ser del recado de alguna moza pueblera”.
Además en la misma estrofa habíalo declarado medio
bagual; lo cual no obsta para que inmediatamente pueda creerlo
“arricionado”, es decir
manso y pasivo. Por último, y para no salir de las dos
primeras décimas, que ciertamente caracterizan la composición,
"ningún gaucho sujeta su caballo
sofrenándolo, aunque lo lleve hasta la luna. Esta es
una criollada de gringo fanfarrón que anda jineteando
la yegua de su jardinera”.
Agreguemos
nosotros que al potro no se le pone de entrada freno sino bocado
(tira de cuero ablandada que ata la cabezada al maxilar inferior
del yeguarizo). Que sofrenar es un tirón de riendas muy
fuerte que ensangrienta la boca del caballo y lo vuelve “quebrado
de boca o estrellero”. Lo vuelve de difícil
conducción. Sofrenar el caballo no es propio del gaucho
sino del gringo enojado. El gaucho clava espuelas, el gringo
golpea la cabeza del animal.
Finalmente Jorge Luis Borges, que fue un internacionalista
liberal, aunque no pudo dejar de ser criollo, reconoció:
“Yo me declaro indigno de terciar
en estas controversias rurales; soy más ignorante que
el reprobado Estanislao del Campo” [2]
En
el mundo de los gauchos, del que ya no queda casi nada, se solían
enseñar ciertos versos para determinar la calidad de
los yeguarizos. Así nuestros viejos padres criollos nos
enseñaban versos como estos:
Calzado
de una,
jugale tu fortuna.
Calzado de dos,
guardalo para vos.
Calzado de tres,
no lo prestes ni lo des.
Calazado de cuatro,
vendelo, caro o barato.
Y
a los pelajes desde siempre se le atribuyó cualidades.
Así, el moro fue acero, siempre se lo consideró
un animal superior. Martín Fierro va con su moro a la
frontera:
Yo
llevé un moro de número
¡sobresaliente el matucho!
Con él gané en Ayacucho
más plata que agua bendita
Está
el moro de Facundo Quiroga, que se lo roba
Estanislao López y casi van a una batalla
por recuperarlo.
Los tordillos (color blanco) son grandes nadadores. El oscuro
es pájaro, gran corredor. El zaino (color negro) sirve
para todo. El tobiano, como pelo brasileño que introduce
Urquiza cuando desfila por Buenos Aires después de Caseros,
no sirve para nada (hay acá un mensaje ideológico).
El blanco es quitilipe, que no ve de día. El alazán
es chasquero, de corto y rápido galope. Y el tostado,
antes muerto que cansado.
Después de este “salto atrás” que
es el Fausto de Estanislao del Campo
aparece en 1872 el Martín Fierro. Y en él
José Hernández [3] se agotó
como poeta y agotó la poesía gauchesca más
genuina. Todas las obras posteriores del género o cayeron
en la vulgaridad como fueron los dramones o sainetes criollos
inaugurados por Eduardo Gutiérrez para
burla y escarnio del gaucho y continuados por el circo del gringo
Anselmi y sus diálogos y payadas en
cocoliche.
Cocoliche es el nombre de un personaje del drama gauchesco
Juan Moreira, también de Eduardo
Gutiérrez, quien habla una jerga mezcla de italiano
y español.
La
polémica del Centenario llega en ese momento histórico
(amasijo de cocoliche y gauchesco) en donde se plantea la posibilidad
de la existencia de un idioma nacional argentino distinto del
castellano, así un autor francés (Lucien
Abeille) y un presidente suizo francés (Carlos
Pellegrini) son partidarios de tal empresa. ¿Qué
raro esto de ir contra todo lo español por parte de los
franceses o sus descendientes? Nos suena a historia repetida.
Mientras que Ernesto Quesada, Eduardo
Wilde, Miguel Cané y otros
sostienen la defensa del castellano como lengua nacional. A
ellos se sumó el insobornable don Miguel de Unamuno,
quien a pesar de ser raigalmente vasco y estar contra la Academia
de la Lengua, juzgó el intento como un desatino. Es más,
el filósofo español se extendió incluso
sobre lo latino, previniéndonos sobre la espuria tesis
de los franceses, luego adoptado por el pensamiento único,
de denominarnos “latinoamericanos”.
Y así afirma: “Ganas me dan
de hablarle del latinismo, suponiéndole acaso enterado
de que siento poco entusiasmo hacia él y de que estoy
cada vez más convencido de que los españoles,
y creo que también los hispanoamericanos, tenemos poco
de latinos y que es locura querer latinizarnos torciendo nuestro
natural” [4].
Vienen luego los trabajos de Rojas, Lugones,
Gálvez, Ugarte que
son los que inauguran, propiamente, el pensamiento argentino.
Pensamiento que encarna, por un lado, la reacción contra
el positivismo de las generaciones del 80 y del 96 (José
M. Ramos Mejía, Florentino Ameghino,
Carlos Octavio Bunge, José Ingenieros)
y por otro, la respuesta a la pregunta por la identidad nacional
e hispanoamericana.
El
criollismo en el bicentenario
¿Qué
quedó de todo esto? Hoy a doscientos años del
primer grito de independencia se puede hablar de criollos y
criollismo en Argentina?
Hoy
los filósofos argentinos, si es que los hay, se limitan
a media docena de investigadores del Conicet, algunos profesores
universitarios, y tres o cuatro pensadores sueltos.
Los
investigadores se ocupan como sus antecesores de “la
inmortalidad del cangrejo”, temas abstrusos e incomprensibles
que les dan de comer de por vida colgados de “la teta
del Estado” con viajes y canonjías por todo el
mundo “hablando por hablar sin decir que nada es verdadero
o falso”. Los profesores siguiendo los amorfos programas,
copia en su mayoría de los de USA o Europa. Y “los
sueltos”, mirándose el ombligo” en tesis
individualistas y personales que le importan un bledo a la comunidad
argentina.
El hecho cierto, el hecho bruto impuesto por el peso de su evidencia,
es que no hay en Argentina hoy (2012) filósofos criollos
como los había en el Centenario. Y así la pregunta
por la identidad, por la mismidad se ha transformado en una
pregunta por “lo Mismo”. Con acierto observa mi
amigo Alain de Benoist que: “la
ideología de lo Mismo se encuentra más que nunca
en marcha. El irresistible movimiento de globalización,
de esencia tecnoeconómica y financiera, cada día
tiende más a desarraigar a los pueblos y las culturas,
a las identidades colectivas y los modos de vida diferenciados.
Los poderes públicos disponen además, hoy en día,
de medios de control que los antiguos regímenes totalitarios
apenas pudieron soñar. ¿No sería posible
llegar con suavidad, e incluso con el consentimiento de las
víctimas, al estado de uniformidad que los sistemas totalitarios
intentaron instaurar mediante la
violencia?” [5].
Y nuestros pocos filósofos argentinos no han podido romper
el corset del pensamiento único y políticamente
correcto.
Ya
no más un Guerrero, un de Anquín,
un Taborda, un Virasoro, un
Casas. Hoy los pocos que hay llevan apellidos
extraños. Como dice el tango: yo sé que ahora
vendrán caras extrañas.
Pero,
vayamos al grano y no nos distraigamos con “el gringaje”
intelectual.
En primer lugar habría que distinguir entre lo criollo
y lo gaucho. El viejo principio filosófico de distiguere
ut iungere (distinguir para unir) es fundamental para
dilucidar este tema. En un trabajo que leímos en la Quiaca
y en Tupiza (Bolivia) a propósito del primer combate
de la guerra de la Independencia, el del 7 de noviembre de 1810
en las márgenes del río San Juan del Oro, titulado
El orden criollo [6] afirmábamos:
"Este
fue el orden que se dio fácticamente con la cultura del
caballo, que se dio políticamente con los gobiernos que
privilegiaron y defendieron lo nuestro y que se dio culturalmente
cuando pensamos con cabeza propia. El orden criollo implica
la existencia de una cosmovisión, es decir, una visión
totalizadora, hoy se dice holística, del hombre, el mundo
y sus problemas, expresada en el estilo de nuestros hombres
de campo o del hombre de ciudad que siente el campo.
Y acá viene y hay que hacer una distinción fundamental
entre lo gaucho y lo criollo. Distinción que hiciera
Juan Carlos Neyra en un impecable, breve y profundo ensayo.
El gaucho y lo gaucho término peyorativo hasta que lo
recuperan San Martín y Güemes y es bueno que se
recuerde y se lo recuerde desde acá, desde la Quiaca,
implica una forma de vivir que necesariamente se da en el campo,
en donde el gaucho muestra todas sus habilidades camperas, todas
sus pilchas como en esta fiesta, todas sus destrezas en juegos
como el pato, la taba, la sortija y en danzas como el triunfo,
el gato, la zamba, la cueca, la chacarera o el chamamé.
En donde los silencios tienen sus sonidos y los trabajos sus
tiempos en un madurar con las cosas, tan propio del tiempo americano.
¿Y lo criollo entonces?. Criollo es aquel que interpreta
al gaucho y lo criollo es un modo de sentir, una aproximación
afectiva a lo gaucho. Es por eso que lo gaucho es necesariamente
criollo pero un criollo puede no ser gaucho. De allí
que esos viejos camperos de antes decían: Nunca digas
que sos gaucho, que los otros lo digan de vos.
Así,
pudo acertadamente escribir Neyra: Si gaucho es una forma de
vivir, criollo es una forma de sentir”
[7]
Y esta distinción se ve claramente en la estrofa del
poema nacional que dice:
Tiene el gaucho que aguantar
Hasta que lo trague el hoyo,
O hasta que venga un criollo
En esta tierra a mandar
Nosotros
tenemos que demandar, que exigir que nuestros gobiernos sean
criollos porque es la forma más genuina de sentir lo
propio. Lo criollo funda la preferencia de sí mismo en
los argentinos y americanos.
Si hace cien años atrás Quesada,
Lugones, Rojas, Rafael
Hernández, Ugarte afirmaban
que ya no se encontraban más gauchos y que los pocos
que quedaban se iban al tranco para que no se piense que huyen
de miedo y llevaban sobre sus hombros su poncho como bandera
arriada.
Hoy
podemos afirmar que no hay más gauchos y que el gravísimo
daño que se hace a su figura es representarlos en los
centros tradicionalistas a través de “gauchos de
tienda”, hombres disfrazados de gauchos.
Pero, si bien el gaucho desapareció, lo que perdura es
lo criollo como la forma de sentir lo gaucho.
El
gaucho es el tipo humano en donde se plasmó de mejor
manera lo criollo, pero lo criollo es el fondo, es el núcleo
aglutinado de valores que le da sentido a lo gaucho. En una
palabra, que desaparezca la forma, en tanto que apariencia (hoy
los centros tradicionalistas son solo apariencia de lo gaucho)
no nos autoriza a colegir que murió su contenido; esto
es, el alma gaucha, o sea, la expresión más propia
de lo criollo. Muy por el contrario, lo que se tiene que intentar,
a partir de este bicentenario, es plasmar bajo nuevas apariencias
o empaques los valores que sustentaron a este arquetipo de hombre,
como lo son: a) el sentido de la libertad,
b) el valor de la palabra empeñada,
c) el sentido de jerarquía y d) la
preferencia de sí mismo. No existe ningún
pensador nacional iberoamericano, más allá de
las disímiles posiciones políticas, que no sostenga
estos cuatro principios fundamentales del alma hispanoamericana.
Así el orden criollo nace a partir de allí y es
expresión política y cultural de esa esencia propia
y específicamente nuestra, esto es, de la ecúmene,
de esta gran casa que es América, que como lo hóspito
nos recibe, nos hospeda a todos nosotros (aborígenes,
gauchos y gringos) que desde lo inhóspito hemos llegado
a América buscando la posibilidad de ser plenamente hombres.
Una genuina lectura del bicentenario consistiría en la
interpretación en clave criolla de los sucesos y acontecimientos
que estamos padeciendo o sintiendo.
Si bien hoy no nos está permitido hablar de “los
gauchos”, ni de “los gringos”, ni de “los
indios”, hoy estamos obligados a hablar de “lo criollo”
como forma de expresión más propia y connatural
de los argentinos y americanos.
Y hablando así podemos mandar al traste a todo indigenismo
y a todo cosmopolitismo que nos extrañan de nosotros
mismos, “torciendo nuestro natural”
como dice Unamuno.
Notas
[1]
Obviamente que también podríamos agregar a Manuel
Ugarte y Manuel Gálvez, pero
éstos
tocaron tangencialmente lo criollo y su expresión, y
no de manera específica.
[2] Borges, José Luis:
Discusión, Emecé, Buenos Aires, 1961,
pág. 23.
[3] Ese mismo año un poeta oriental (uruguayo) Antonio
Lussich publica Tres gauchos orientales y
El matrero Luciano Santos pero sin mayor acogida popular.
[4] Carta a Adolfo Casabal del 11 de enero
de 1903 a propósito de los dos folletos de Ernesto
Quesada: El problema del idioma nacional y
El criollismo en la literatura argentina.
[5] A propósito del totalitarismo, en Nouvelle
revue d´histoire, París, 2004.
[6] Publicado en Internet y en infinidad de medios periodísticos
y en nuestro libro Pensamiento de ruptura, Theoria,
Buenos Aires, 2008.
[7] Neyra, Juan Carlos: Introducción
criolla al Martín Fierro, Huemul, 1979, pág.
22.